Vacaciones en Daguestán

Il paravento moresco.1921, Matisse.

En el apartamento, mientras Virginia se ducha, voy a los ventanales. Me quedo mirando el horizonte, desde la altura de un noveno se ve todo: un arenal hasta el mar, un cielo pálido, y un sol que baja.  Necesito decirle lo que pienso de Mohamed, pero no me atrevo. El caso es que cuando yo aterricé en el lujoso aeropuerto de Dubai, mi hermana me vino a buscar con ese velo, parte del uniforme de la aerolínea del país, enseguida me metió en un taxi, me dio las llaves del apartamento, y se fue corriendo con sus tacones rojos, a un vuelo a Irán. Y ahí, mientras ella volaba por el mundo, me quedé: de turista.

Al atardecer, durante su ausencia, con el sol ya bajo nado despacio en el mar, el Golfo Pérsico es transparente, cálido, quieto.  Sobre la arena un caballo blanco de lineas finas galopa por la orilla y el jinete, con su túnica blanca, bota ligeramente sobre él.  El aire seca mi piel antes de que me ponga el vestido y vuelvo andando ente los puestos del mercado que se extiende a lo largo de varias calles, y veo esencias que desconozco y telas suntuosas: moradas, verdes, con trazos dorados.  Veo mujeres con velos negros, con ojos grandes, dejando su rastro de perfume a mora y a violeta; y ahora, como entonces ese sol rojo. Inmenso, y el rezo árabe que se hace oír por todo Dubai.  Las duchas de Virginia siempre son largas.

Luego todo cambió cuando conocimos a Mohamed.  Ese día que nos perdimos en el desierto, salía el de una base militar, donde casualmente nos habíamos parado nosotras para mirar el mapa y salir de ahí.  Su morena cara , enmarcada tela blanca que cae sobre los hombros, se plantó en la ventanilla de Virginia, sonrió con sus labio gruesos, los dientes blancos , grandes:

—Salam Aleikum.

Y a Virginia se le iluminó la cara.  Ya no oigo la ducha.  Mohamed se fue a Daguestán poco antes de que es la bomba quitara la vida a 76 residentes en un edificio en Moscú y poco antes de los 70 muertos al estallar una bomba en un bloque de apartamentos en Dagestan .  Y justo ahora regresa, y ella lo sabe, sabe que los guerrilleros provienen de numerosos países islámicos.  Huele a ese perfume que él le regaló.  Ese día , desde el coche, por aquella autopista que salía de Dubai y nos llevaba a Omán, vimos dunas de arena, camellos, y un cielo azul pálido, y nada más por mucho tiempo hasta aburrirnos.

Luego pasamos por puestos de alfombras y paramos; y admiramos la variedad de dibujos y texturas.  Alfombras de lana, de seda, de pelo corto, de pelo largo, duras, suaves, finas; persas, kurdas, de Dagestan, de Afganistan, de Turquía.  Y luego conocimos a Mohamed.  El sol ya se ha ido, su voz es como la de una niña:

—¿Te gustan las alfombras?

—¿Las alfombras? ¿Por qué iban a interesarme las alfombras?

Voy a ver que se va a poner para él.  Cuando entro en su dormitorio me mira, lleva puesto un vestido de noche largo y unas sandalias de tacón.  Hace una pirueta para mostrarme su nuevo chal de gasa azul marino.

—Que casualidad que Mohamed vuelve de vacaciones, justo ahora que han anunciado la retirada de los guerrilleros islámicos¸ ¿verdad? –digo como quien habla de quién se ha encontrado casualmente por la calle con alguien.

Se detiene frente a mi desafiante, indignada, se echa un extremo del chal por encima del hombro y se gira para darme la espalda repentinamente. Se  pinta los labios frente al espejo.

—¡Por qué me preguntas lo de las alfombras? —digo por cambiar de tema.

—Pues cuándo me ha llamado antes Mohamed me ha dicho que ha venido de Daguestán con alfombras.

—Si, volando, ¿no? No le conocemos de nada Virginia. La otra vez vino con una rosa del desierto, ahora con alfombras ¿y qué?

Llaman al timbre, se va.  Con él, a dar una vuelta.   Me voy a dormir.  No me fio de Mohamed.  Un día nos llevó a una tienda en Dubai que se abre a un gran patio con una fuente y hay una enorme sala donde los tapices y las alfombras cubren las paredes y el suelo.  Le cogió la mano a Virginia, la deslizó por una alfombra y le preguntó si le gustaba, y dijo «Oh! very nice.» 

Los guerrilleros tratan de crear un Estado islámico independiente en Daguestan.  Lo he leído en el periódico de hoy, provienen de países como este sin ningún antecedente o perfil de extremista islámico pero contribuyen a la «causa islámica» con soldados que envían donde haga falta.  Mohamed salía de la base militar, Mohamed es musulmán.  Todo es cierto, y no me cree.

He apagado la luz.  Quiero dormir.

El día que lo conocimos, nos llevó a tomar té de menta sobre una alfombra de estampados geométricos. Y fue ahi, entre otros hombres, mientras encendía la pipa árabe, y bajaba un gran sol rojo para esconderse tras las montañas de arena, al echar humo por la boca, y sin apartar la vista de Virginia que hizo clara su preferencia.

—Mi liak gerfrend Virgena.

«A mi gustarme novia Virginia».  Luego nos dijo que se iba a Daguestán al día siguiente y yo le pregunte ¿por qué a Daguestán? Y pasaron varios segundos en silencio y un hombre cerca de nosotros, con un gran bigote y una enorme nariz nos dijo miró, hasta que finalmente Mohamed, después de un suspiro respondió:

—Shopping, I see butiful mauntains in Dagestan holiday, and many carpets.

Pero ¿vacaciones? ¿Y que shopping iba hacer en un país como Daguestan?  Ahora tengo sueño; recuerdo el día que llegue, sobre aquella alfombra roja que continua hasta el grandioso portal, pensé: estoy en un país rico donde las alfombras se extienden hasta por la misma calle para recibir a tontas como yo, y Virginia.  Se me cierran los ojos.

He dormido bien, Virginia me está llamando.  Entra en la habitación y corre las cortinas, el cielo siempre es azul pálido; abre la ventana, el aire siempre caliente.

—Hoy vamos de excursion.  Mohamed nos va a llevar al desierto. Ahí tienes los periódicos: The Gulf News, y el Khaleej Times.

Ni me levanto, mis manos pasan paginas, busco noticias sobre el conflicto en Daguestan.  En segunda pagina: «Los rusos y los americanos creen que Osama Bin Laden está financiando la guerra en Daguestán.» Más: «los soldados de esta banda armada en Daguestán, liderados por los comandantes chechenos Bayasev y el jordano Jattab, provienen de varios países musulmanes…».  Mohamed estuvo allí, esos días de las bombas.

—Mohamed nos recoge en veinte minutos ¿te puedes dar prisa?

Iré con ella, no la dejaré sola con él.  De repente me siento incomoda.

—¿Te parece bien si me quedo aquí hoy?

Se para, se da la vuelta, alza el dedo indice, veo su uña pintada de rojo, y abre mucho los ojos:

—Ni se te ocurra.

Es entonces que empiezo a preocuparme, –pienso– no quiere que la deje sola con él. 

Bajamos en el ascensor en silencio. Al salir por el gran portal nos encontramos con él. Como siempre nos da la mano y de inmediato se lleva las suyas al corazón mientras inclina la cabeza levemente.

 —¿Que tal en Daguestán? —le pregunto.

—Ahh, very good, butiful mauntains…very cold, I no laik too mach I come back. I fly with carpet.

«Muy bien, preciosas montañas, mucho frio, no e gustó mucho y vuelo con alfombra».  Mohamed se queda serio, nos abre las puertas, yo siempre detrás, y al ponernos en marcha dice:

—Today I take you to carpet.

Que hoy nos lleva a la alfombra, siento que las manos me sudan. El corazón late fuerte.

—First I stop at military.

Que va a parar en la base militar primero.  Quien es Mohamed me pregunto ¿dónde nos lleva? Estamos en la recta carretera que nos entra en el desierto.  Mohamed canta con una mano en el pecho y la otra al volante.  De vez en cuando le mira tiernamente a Virginia mientras canta.  No veo más que arena y seguimos por una larga recta hasta llegar a la base militar.  Para en la puerta, nos deja esperando.

—No digas nada. —dice Virginia.

Y casi de inmediato sale con un montón de billetes en la mano.

—This money good payment for Daguestán ones.

«Este dinero bien pagado por los de Daguestán».  Virginia me mira fijamente.  A leo lejos de la cima de un monte se ve un palacete, o un fuerte, que parece que es adónde nos lleva.

Mohamed sigue cantando concentrado.  Veo que el monte es un altísimo cerro por el que serpentea una carretera hasta una moderna construcción de lineas rectas.  Comenzamos la subida, entonces siento que Virginia también está preocupada, sus labios están apretados.

—Today you see carpet butiful.

«Hoy tu ves alfombra preciosa». Se me han bloqueado los oídos por el ascenso.  A pesar del aire acondicionado de mi frente caen gotas de sudor.  La carretera tiene curvas muy empinadas y siento vértigo, que nunca lo he sentido.  Mohamed ya no canta, ahora parece concentrado, su frente un tanto arrugada, ala mirada intensa.  Pasamos una curva más y de repente nos encontramos de frente a unas enormes rejas de hierro negras que hace abrir con pulsar un telemando que saca por la ventanilla.  

La entrada es una recta con palmeras a ambos lados que nos lleva hasta la puerta de la casa de imponente dimensiones, lujosa, moderna.  Mohamed siente nuestro asombro.

 —Alá loves beauty. 

«Alá ama la belleza». Las rejas se han cerrado automáticamente. El coche se ha detenido, el motor apagado.  Mohamed nos abre la puerta del coche, nos abofetea el calor al salir. Llegamos hasta la gran puerta que debe medir unos cuatro metros de altura.  Al entrar nos encontramos en un hall, cuadrado , vacío ante otra puerta que se abre a otro gran salón vacío lleno de alfombras enrolladas en el suelo.

 —This family holiday house, here carpets from our shop, please take.

«Esta es la casa de vacaciones familiar, aquí alfombras de nuestra tienda, por favor coger.»  Mohamed sonrie, nos mira, se da la vuelta, entusiasmado, se recoge los faldones, se sube sobre el montón y extiende una gran alfombra frente a nosotras.  Es una impresionante alfombra de tonos rojos y azules.

—This one butiful, all from Daguestan I bring for family business.  I sell everybody, Sheik, military, shops…Please Virginia take.

«Esta preciosa, todas de Daguesan, yo las traigo para el negocio familiar, vendo a todo el mundo, Jeque, militares, tiendas…Porfavor Virginia coge…

Virginia me mira con los ojos brillantes.

—Now too much problem in Dagestan I no bring any more carpets. 

«Ahora demasiado problema en Daguestán, y no traigo más alfombras.»

Estamos inmóviles, conmovidas observamos como se sube al montón y desenrolla otra gran alfombra de tonos violáceos y azules.

 —No laik?

Que si no nos gustan.

—Yes, very beautiful. —responde Virginia

Virginia sonríe, yo sonrío.  Nos gustan las alfombras.  Nos quiere dar una alfombra. 

Virginia elige una inmensa alfombra de Daguestan y Mohamed insiste en que yo elija otra para mí. Elijimos. Las enrolla.  Abre la puerta. Nos quedamos observando  desde el umbral de la puerta como las carga sobre el hombro y una a una las mete en el maletero de su Mercedes

 Se para frente al coche, nos mira, se limpia el sudor de la frente con un pañuelo, y nos dice:

—Now me take you back to your house in Dubai.

Cierra con llave la casa, nos abre las puertas del coche como siempre. Nos acerca a cada una los cinturones de seguridad y nos ponemos en marcha de regreso a Dubai.  Nos vamos, con las preciosas alfombras de Daguestan en el maletero.  Mohamed comienza a cantar. 

1997 Dubai