Celebrando la vida

Cuando las vio en el mercado, se lo imaginó todo, ella en la terraza con su marido y su hijo: el vino blanco en las copas, el mar de fondo y el plato de almejas. Y no se lo pensó:


—Medio kilo de almejas por favor —dijo decidida.


Era algo un poco especial, pero la vida, se dijo, «es para celebrarla». Aunque a su hijo no le gustaban las almejas. Había visto un documental sobre el mar y se negaba a comer ningún animal marino. Decidió que le daría unas patatas fritas, tenía una bolsa en casa.


Observó como el hombre que le atendía, anudaba una redecilla y las metía en una bolsa de plástico.


—¿Algo más?


Podría haber comprado unas gambas también, pero decidió que con las almejas ya bastaba para lo que quería hacer. Le tendió un billete al hombre de la pescadería y recogió la bolsa de almejas del mostrador de acero inoxidable.


Abrió la mano para recoger unas monedas con los ojos fijos en el montón de almejas detrás de la vitrina de cristal, se abrían, algunas mostraban el cuerpo como en busca de algo, quizás la arena, quizás el mar.


Al llegar metería unas copas en el congelador. Le gustaba el velado tan atractivo que cogían las copas. Imaginó como caería el vino en ellas con el mar de fondo. Se imaginaba también el momento en que echaría, en ese hervor del agua, las almejas. Le gustaba hacerlo de golpe porque así, entendía ella, no sufrirían.


Eran casi las ocho de la tarde cuando entró por la puerta de su casa, con la bolsa de almejas colgando de la muñeca. Encontró a su hijo sentado sobre un taburete en la cocina comiéndose las patatas fritas. No quería que viera las almejas y se apresuró para guardarlas.


—¿Qué llevas ahí mamá?


Ya no era un niño pequeño que se le pudiera engañar fácilmente. Decidió decirle la verdad.


—Almejas.


—¿Almejas?, ¿están vivas?


—¡Mira lo que has hecho! —gritó al niño.


En ese momento entró el marido que enseguida pudo ver lo ocurrido.

—¿Pero que has hecho? —exclamó mirando a su hijo con desaprobación.

—Me dan pena papá, ¡están vivas!


El niño se echó las manos a la cara y estalló en un llanto desconsolado.


Su padre, indiferente, puso un cazo de agua a hervir y apuntando con el dedo al niño dijo:


—¡Ahora las hierves tu!


Al momento se dio la vuelta bruscamente y se oyó un portazo.


Las almejas sacaban como lenguas sus cuerpos, intentando escapar quizás. La mujer recogió la redecilla y la puso en la pila. Al otro lado de la ventana pudo ver que el sol brillaba sobre la arena. Y se imaginó caminando sobre la arena descalza, con su hijo de la mano y el sol en la cara.


Bajó la mirada hacia sus manos, aun sujetando la redecilla de almejas en la pila. Pudo ver que las almejas se movian. Deslizó la mirada hacia su hijo, y pudo ver también, sus ojos llorosos, su piel blanca y pecosa, y su dedito que intentaba conectar con una almeja que se abría tras la redecilla.


—Quieren vivir —dijo el niño.


La mujer levantó la mirada hacia el mar, aun retumbaba en sus oídos la voz exaltada de su marido «Ahora las hierves tu!». Afuera la brisa hacia bailar las hojas de las palmeras. Se imaginó que la arena aun estaría caliente por el sol. Pudo ver que el mar estaba plano, respiraba paz. Y no se lo pensó, porque la vida, se dijo, «es para celebrarla».


—Apaga el gas y retira el cazo —ordenó la mujer.


—¿Qué?


—Haz lo que te he dicho. Y ponte los zapatos que nos vamos a la playa.


Se soltó el pelo, se cambió de zapatos, recogió las almejas en una bolsa, y dijo:


—Vamos hijo.


Caminaron en silencio con el sol en la cara y cogidos de la mano.


Las almejas venían también.


Al llegar a la arena se quitaron los zapatos.


—Remángate los pantalones también.


El hijo le sonrió.


—¿Están bien mamá?


—Si. —respondió seca la madre mirando la bolsa.


La brisa era cálida, al sol le quedaba poco tiempo en el cielo por ese dia; y por la bruma en la lejanía se fundía la linea del horizonte con el cielo. Aquella imagen superaba con creces la de unas copas de vino blanco junto a un plato de almejas.


Sus pisadas sobre la arena, aun caliente bajo sus pies, se volvieron pausadas. Todo era bonito, todo valía mucho más que unas almejas cocinadas. Su hijo le apretó la mano. En ese momento, el era feliz. Y ella, también.


Al llegar a la orilla, abrió la mujer la bolsa, y con cuidado de no dañar las almejas, deshizo el nudo de la redecilla.


El niño cogió con la redecilla y como si fuera un bebé la asentó sobre la arena.


La madre, viendo el flequillo del niño bailar sobre su cara emocionada, y la ternura con la que abrió la redecilla sintió un cosquilleo en la nariz de emoción.


—¡Suéltalas ya hijo!


—¡Ahora van a vivir mamá!


El niño miró primero a su madre y con estudiada ceremonia en sus movimientos, como quien corta el lazo de la entrada a una inauguración, las volcó, con gran satisfacción, sobre la arena.


Y las almejas, con gran rapidez y sorprendente agilidad, se escabulleron; y en solo unos segundos habían desaparecido, metiéndose en la arena ante sus ojos.

Paula Ajuria, 2020

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